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miércoles, 17 de diciembre de 2014

UN ASNO MATA A UN POLLINO EN LUCENA

¿Qué decir del asno que ha aplastado el digno pollino en Lucena? 
Cuando leía la noticia esta mañana en una cafetería del centro de Granada casi vomito el café que me estaba tomando. Vi la foto del descerebrado de 150 kilos en lo alto del endeble lomo del animal y en ese momento me dieron ganas de tener en las manos una repetidora, lo juro. Inmediatamente tuiteé proponiendo que este tipo fuera aplastado por un elefante a ver si comprendía el agravio comparativo.
Me niego a pertenecer a la misma especie que
esta bola de cebo.
Luego, vas leyendo con más tranquilidad la noticia y te preguntas por la pasividad de quien fuera quién vigilara e, incluso, de la irresponsabilidad del ayuntamiento por propiciar este tipo de cosas, usando animales para espectáculos cirquenses. 
Porque lo que hay erradicar de una puta vez en este país de toros y toreros es la práctica de utilizar a los animales como juguetes de feria.
Hace unos años vi ese belén gigante en la puerta del ayuntamiento de la histórica y bonita ciudad de Lucena, en la provincia de Córdoba, pero no recuerdo si había animales por entonces, creo que no. Pero se ve que para ahondar más en el espectáculo el ayuntamiento ha visto bien incluirlos este año. Y no contentos lo hace con un pollino de pocos meses, que además estaba allí expuesto a las inclemencias del tiempo y a que animales como el descerebrado obeso lo monte y acabe con su vida como ha ocurrido. Y lo peor es que como todo el mundo imagina, nada le ocurrirá. De hecho, en estos momentos tras tomar declaración ante el juez está en libertad, existiendo la opción de que siga haciendo las burradas que le salga de su inútil mole de grasa.
¿Pero hemos de extrañarnos de estas prácticas en un país que tiene como fiesta nacional torturar toros -y por añadidura el daño colateral del caballo del picador- en una plaza antes miles de personas -millones si contamos con las retransmisiones televisivas-? Pues no, no hemos de extrañarnos. Como no hemos de hacerlo con la salvajada del Toro de la Vega, el toro de fuego -o como quiera que se denomine- o, sencillamente, arrojar cabras por un campanario. En fin. 

Estas prácticas están muy arraigadas en nuestro país. Recuerdo que hace unos años visité la ciudad de San Sebastián y comprobé cómo en el Monte Igeldo, desde el cual hay una fantástica vista de la bahía,  había una atracción que consistía en el arrastre de una pequeña carroza para niños por un pony. El animal no podía tener la cara más triste. Su destino no era otro que estar todo el santo día tirando de una carroza cargada de niños, en un espacio reducido, ruidoso, sucio y asfaltado. En ese mismo viaje visité Tordesillas y aunque no contemplé lo del Toro de la Vega, que era por la tarde, ya pude constatar desde muy temprano lo que le esperaba al animal a tenor de la enorme ingesta de alcohol que se estaban metiendo los mozos.   
Cuando llegué a mi domicilio hice dos reclamaciones: la primera al Ayuntamiento de San Sebastián; la segunda a la Delegación de Gobierno de la Junta de Castilla y León en Valladolid. De la primera tuve respuesta del Ayuntamiento, indicándome que estaban haciendo lo que podían, pero que era una atracción privada y tal; de la segunda, no obtuve respuesta alguna. Luego vino toda esa movida en que se ha convertido el asunto del Toro de la Vega, que estoy seguro acabará por desaparecer, como desaparecieron los Autos de Fé, ya bien entrado el siglo XVIII.         
Sé -o eso quiero creer- que no toda la raza humana es así, pero que aún existan tantos elementos que disfruten matando y torturando a los animales más que preocupante es inadmisible y no hay que regatear en esfuerzos para que eso detenga.
Habría que comenzar en este puñetero país a respetar a los animales domésticos o salvajes, como se hace desde hace mucho en países de nuestro entorno. Con una legislación más contundente, sobre todo penal. Erradicar los circos con animales y todo espectáculo que los incluya, así como los zoos en los que no exista la atención y el espacio necesario para que éstos no se sientan en cautividad. 
Pero sé que nada de eso ocurrirá mientras sigamos matando toros.      

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