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jueves, 28 de agosto de 2014

OJOS QUE BRILLAN EN LA NOCHE

Esto del correr y sus recursos es una fuente inagotable. Podrás llevar años pateando caminos, carreteras, calles y veredas y toda esas experiencias acumuladas siempre dejará margen para otras nuevas. Nuevos dispositivos, nuevas rutas, nuevas formas de correr, nuevos retos... Quizá esa sea la razón de que este deporte cada día gane más adeptos, aunque siempre será minoría, si entendemos el correr como una actividad de dedicación constante, como algo tan integrado en tu vida que, en un sentido hipotético, si algún te dijeran que ya no vas a poder practicarla  más, aquélla perdería algo de sentido.
Y es que la experiencia de hoy ha sido única y nueva: por primera vez he corrido en campo a través por la noche.
Lógicamente, lo había hecho por la ciudad, con luz artificial de las farolas y los escaparates, pero jamás lo había hecho con esto: 


Exacto, se trata de un frontal. Sabía de su existencia por ojeadas de páginas web o revistas especializas en trail running pero jamás pensaba que acabaría teniendo uno. 
La historia surge a raíz de inscribirme en la prueba de montaña de treinta kilómetros que, si nada se tercia, correré el próximo sábado en la localidad de Colomera. 
Leí que la organización aconsejaba llevarlo y sabiendo como sé que no soy un especialista en este tipo de pruebas y que mi crono ser irá más allá de las tres horas, y resultando que la prueba sale a las seis de la tarde y que a las nueve en estas fechas ya está el sol puesto, no sería extraño que, incluso yendo todo bien, se me haga de noche en los últimos cinco o seis kilómetros. 
Y no me gustaría aparecer en la prensa al día siguiente como el corredor que se perdió en la noche cerrada en algún lugar de los Montes Orientales. Sí, eso daría para una buena entrada y es posible que para un artículo en prensa, pero prefiero apartar de mí ese cáliz.
Así que me compré este modelo de entrada, si bien avalado por una marca líder en el sector como es  la francesa Petzl. 
Y como suelo ser meticuloso a la hora de poner en práctica los artilugios que adquiero, esta tarde de miércoles he esperado a que llegara la puesta de sol y he comenzado a correr por un conocido camino de la Vega de Pinos Puente pasadas las nueve de la noche. La idea no era otra que cayera el manto negro de la noche en mitad de la ruta y poner en práctica la luz del aparato. En definitiva, probar cómo se corre por la noche con un aparato como éste en la frente. 

OJOS QUE BRILLAN EN LA NOCHE 

Con varios individuos de dos especies me he cruzado, los cuales tienen un elemento en común que desconocía: les brillan los ojos en la noche cerrada. Se trata de los siempre presentes perros y de las aves de la noche. Al principio me inquieté un poco, pero enseguida me acostumbré a ese brillo algo inquietante.
Todos sabemos que la noche tiene criaturas que no tiene el día; o bien, las mismas, pero que mutan de alguna manera. Los pájaros durante el día pasan bastante desapercibidos, por la noche no. Por su parte, a los perros abandonados, que lamentablemente hay muchos en la Vega, se les ve muy ufanos andando en grupo por las veredas y no parece que necesiten el artilugio que yo portaba en la frente. Por suerte, ambas especies han respetado el extraño paso de un individuo adosado a una luz entre azul y blanquecina. 

UNA FAMILIAR SOMBRA INQUIETANTE 

Junto a los numerosos maizales mi propia sombra, negruzca y alargada, me ha acompañado durante casi todo el trayecto. No por ser familiar deja de ser menos inquietante. Porque todo lo que se percibe en la soledad nocturna tiene algo de gótico.
Como algo de gótica es la presencia de los murciélagos. Atraídos por luz del foco se acercan o se cruzan, pero inmediatamente cuando detectan movimiento viran su trayectoria de manera dramática e increíble. Mientras devoraba kilómetros en la noche, con las únicas referencias de que sabía por donde iba por conocer de antemano la ruta, me vinieron a la mente recuerdos de las noches de verano de mi infancia, en las que atrapábamos a estos bichos con el sólo objeto de maravillarnos de su cara, que no era de pájaro sino de roedor. 

¿ME HABRÉ PERDIDO? 

Hubo un momento en que lo pensé. Tenía mis referencias claras porque conozco muy bien la zona. Pero el día es el día y la noche es la noche y son muchos los caminos que en la Vega salen a izquierda y derecha. 
Así que hubo un momento en que me asaltó la duda. Tenía la referencia de las luces de los pueblos de alrededor (Zujaira, Casanueva, Pinos Puente, Valderrubio), pero aún así la perdía, merced a unos altos álamos. Miré el GPS y calculé los kilómetros y sopesé que ya debería de estar en un punto en el que aún no estaba. Nada se veía a mi alrededor, a no ser los treinta metros aproximados que ilumina el frontal. Al poco, cuando salí de la influencia de los árboles atisbé el puente iluminado del paso de la vía del ferrocarril a la salida de Casanueva y eso me tranquilizó, a pesar de que no me había turbado en absoluto por esa hipotética desorientación. Y eso era porque me encontraba muy a gusto y feliz corriendo en la noche cerrada.

EN LA NOCHE LOS KILÓMETROS SON MUY OTROS 

Son los mismos que haces durante el día, pero al mismo tiempo muy otros. Se perciben de otra manera. Sin referencias. Algo muy similar -con las obvias diferencias- a cuando conduces de día o de noche. De día percibes en su verdadera magnitud paisajes y poblaciones; de noche el paisaje te lo tienes que imaginar y las poblaciones son contornos que construyen su iluminación artificial. 
Así, cuando corres de noche los kilómetros van pasando de otra manera, sin referencias. Es como si ignoraras por completo lo que llevas corrido y lo que queda por correr. Y si la noche es silenciosa, fresca, tranquila y tu te encuentras físicamente bien corriendo, la experiencia es única y en exclusiva vivencial. 
Cuando acabé bien pasadas las diez, aún en el coche me encontraba con la venturosa noche sobre mi cabeza. Comer la fruta que siempre como, estirar, cambiarme de ropa, beber isotónico, todo esos ritos se convierten en algo muy distinto al ejecutarlos de noche bajo el impresionante decorado de las estrellas, que en campo abierto adquieren otra dimensión.   
Algo muy parecido a cuando comienzas a correr y percibes que tu cuerpo y tu mente han llegado a ese punto en que todo es armonía. 
               


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