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lunes, 4 de agosto de 2014

IRIHS, EL PAÍS DE LOS CELTAS (II)

Zona The Temple (Foto de J.A. Flores)
A poco que observe, el viajero descubre pronto que en Dublín hay mucha vida, animación y posibilidad de empleo. Eso lo aprecia rápidamente. Tan rápido como aprecia que es una ciudad bastante sucia al no existir una concepción diaria de la limpieza, pero al mismo tiempo plagada de grandes avenidas, grandes parques y bonitos puentes sobre el río Liffey, que atraviesa la capital del país. Asimismo comprobará que son abundantes los enormes y bellos edificios neoclásicos. Una ciudad con bastante impronta europea. Y también muy joven, una de las más jóvenes de Europa si consideramos los datos oficiales. Eso hace que la ciudad se vuelque a la calle buscando animación, básicamente a la zona de The Temple, lugar de marcha, diversión y comidas, repletos de pub con música tradicional en vivo. El pub más famoso es el que da nombre al barrio. Cuando te cuentan que en uno de estos sitios puedes pedir tu pinta de  Guinness, O'Hara's, Murphy's, Smithwick's  -hay que intentar probarlas todas, pero eso no es fácil-, entre otras, escuchar la música o contemplar sus danzas y sentirte un irlandés más es totalmente cierto. A eso ayuda que el carácter irlandés lo posibilita al ser sociables y atentos con el de fuera. Porque a pesar de que son gente por lo común bebedora, se suelen portar (bueno, hay excepciones como en todas partes) y los jóvenes parecen apegados a sus tradiciones. De ahí que la convivencia en los pub sea para el irlandés medio una forma de entender la vida y las relaciones sociales. 

     

(Foto de J.A. Flores)
  Porque beben hasta extenuarse. No en vano la marca de cerveza más famosa del mundo es de allí y también una de las más famosas de güisqui, el buen Jameson. ¿Y por qué beben tanto?, creo que llegué a preguntar a alguien. Porque es un pueblo que ha sufrido mucho, me contestan. Supongo que también por el clima, supuse internamente. Y no es que el frío sea gélido como lo es en otros lugares de Europa, pero lo hace y, además, está el aire y la sempiterna lluvia. De hecho, no ver un paraguas retorcido y doblado por alguna de las calles de Irlanda es difícil, lo que hace preguntarte el por qué la gente no invierte en buenos paraguas británicos en vez de comprarlos baratos a cualquier proveedor chino, el cual, supongo, se estará poniendo las botas.

    Todo, se ha de suponer, conforma el carácter y los hábitos de los habitantes de los países. De ahí que muchos piensen que en Irlanda la Guinness más que una cerveza es una religión.

     Lo aprecias cuando visitas su 'storehouse', la fábrica original, que hoy es un enorme edificio de siete plantas con el que hacen su agosto el actual titular y detentador de Guinness, el grupo empresarial británico Diageo (es paradójico que la marca-símbolo de un país de sentimiento tan antibritánico la ostente una empresa de ese país). En mi opinión, siete plantas totalmente pensadas para hacer caja con el turismo. Poco más que algún que otro reclamo para turistas y, eso sí, esa degustación de una pinta en su bar 'Gravity' de la última planta, con excelentes vistas a Dublín. Qué menos que se inviten a una pinta por la elevada entrada que cobran. No obstante, hay que decir que tampoco se come mal allí, si bien la comida no es el fuerte de estos países de impronta anglosajona como todos sabemos, adorándose por encima de todo el 'zumo de cebada, lúpulo o malta', a pesar de su alto precio. En ese aspecto uno echa de menos España.

    

     
(Foto de J.A. Flores)
Pero el viajero no debe de olvidar una cosa allá por donde vaya, por muy recóndito que crea estar el lugar visitado: en una sociedad tan hiperinformada y tan globalizada el turismo no es otra cosa que un invento que tiene básicamente dos caras opuestas: ayuda sobremanera a que todo el mundo pueda ver las cosas, pero al mismo tiempo 'prostituye los sitios' y les resta encanto. Otra cosa muy distinta es que el viajero sepa detectar esos otros lugares interesantes, lugares recónditos en los que el acaramelado brazo del turismo pase por alto. Los hay en todas las ciudades. En ésta encontramos alguno, siendo uno de ellos el 'Dublín Writers Museum', porque no en vano esta ciudad está declarada por la Unesco ciudad literaria.
Joyce, Beckett, Wilde, Switf, Yeats, Behan, Shaw y tantos otros. Como bien dicen los propios irlandeses es el país de su tamaño y población con más literatos internacionales. Además, la casualidad quiso que la victoriana ventana de la habitación de nuestro hotel diera a Great George St, la misma calle en cuya casa se inicia el periplo de un día de Bloom el singular y carismático personaje de la novela 'Ulises' y que actualmente acoge el centro de documentación sobre la figura de James Joyce. Son reductos de paz y recogimiento.

          Porque para sumergirse en turismo acaramelado y masivo hay suficientes lugares en Dublín, como suele ser habitual también en cualquier otra ciudad que lo merezca. Uno de estos sitios es, como antes decía, precisamente el que representa uno de los símbolos de este peculiar país: su cerveza Guinness. Pero no es el único: visitar el libro de Kells en la Old Library de la Trinity College es casi tarea imposible dadas las largas colas, a pesar del remanso de paz que suponen algunos lugares de la universidad más antigua de la República de Irlanda. 

          Y es que Guinness está indeleblemente unida a Dublín y a las 'Irlandas'. Es el claro ejemplo de una entidad privada que asume labores de símbolo nacional y público. No comentaré aquí nada de la historia de este cerveza porque hay miles de referencias en Internet, pero sí cómo percibí la visita a ese megaedificio denominado 'Guinness Storehouse' ubicado en la zona del barrio más medieval, el barrio de origen vikingo. Siete plantas de edificio que pasa por ser la atracción turística más importante de Dublín y del resto de la República de Irlanda. Nadie que haya visitado Dublín ha dejado de visitar este lugar, ya que se trata de una visita de las denominadas obligadas en cualquier guía. Otra cosa muy distinta es que cumpla con las expectativas previas que se tengan. 

          Como todos los grandes montajes específicamente pensadas para el turismo de masas el Guinness Storehose se ajusta a esos parámetros. Un lugar pensado como atracción turística con claro ánimo propagandista y crematístico. Eso es algo que aprecias nada más llegar.

          Por sus alrededores ya ves de vuelta a decenas de visitantes con su bolsa de papel de su enorme y cara tienda, y ellos mismos te van mostrando la senda que has de seguir para no perderte. Antigua fábrica de Guinness (la actual está en la zona del puerto de Dublín y puede que repartida por más lugares de Irlanda, no estoy seguro), el lugar recuerda a esas bodegas de rancio realengo que hay tanto en España como en la zona de Oporto. Un lugar que denota que allí hubo industria, pero que ahora todo está reformado y reciclado con ojos puestos en el turismo. Otra cosa es que lo que vayamos a encontrar dentro sea provechoso.

          Para este viajero no lo fue. Muestras estandarizadas de elaboración de cerveza -con grandes colas en los lugares más simbólicos- y mucha publicidad en torno al fundador de la marca, Sir Arthur Guinness. A lo sumo -siempre en mi opinión, claro está-, como antes decía, lo más apreciable es la pinta de cerveza Guinness que regalan con la cara entrada en el bar Gravity, que ocupa toda la séptima planta y que posea diáfanas vistas a la ciudad de Dublín. Eso sí, si no te importa degustar esa buena pinta con varios cientos de personas. En realidad te sientes guiri en este lugar, pero supongo que así debe ser.

          De ahí que en nuestros viajes siempre intentemos alternar estas necesarias visitas turísticas con las hechas a lugares de la ciudad alejadas del turismo que es donde realmente se aprecia el pulso real de la ciudad. Nada me parece más grato que patear un barrio alejado del turismo de una ciudad que no conoces. Contemplar sus calles, sus casas, sus gentes, su cotidianidad. Nada me parece más grato que poder tomar una cerveza o saborear un plato en uno de esos lugares anónimos. Siempre intentamos buscar espacios para ese fin. En algunos lugares es más viable que en otros, pero en el caso de Dublín, gracias a sus múltiples pub, poder saborear una buena pinta alejado del turismo rodeado de naturales es harto posible, y he de decir que una de las mejores experiencias.

          La República de Irlanda es un país católico, pero esta confesión religiosa no ostenta demasiado poder. Eso es algo muy visible en sus templos. Al contrario de lo que ocurre en otros países católicos como España o Italia, sus templos no son lugares en los que se exhiba la fuerza de la iglesia católica, al contrario, de lo que se pueda suponer no existen demasiados símbolos religiosos como suele ser habitual por estos lares. De hecho, la Catedral más antigua de Dublin, la denominada Christ Church, está consagrada a la religión anglicana y por sus pasillos es fácil ver a mujeres sacerdotisas, que es algo que choca a los ojos del viajero en un país católico. Cuenta con la cripta más grande tanto de Irlanda como de las Islas Británicas y en la misma hay espacio suficiente para la coqueta tienda de recuerdo, una pequeña cafetería y una colección de trajes de los Tudor, entre otras cosas. Me pregunté cuántas horas de luz verían al días los abnegados empleados y empleadas de esta cripta.       

          Por su parte, la vecina catedral nacional, la Catedral de St. Patrick, está consagrada al catolicismo y a falta de motivos religiosos -los hay, pero escasos-, encontramos un sin número de tumbas, placas y estatuas de héroes y personajes que han desempeñado un papel importante en la historia del país. Desde militares que han dado la vida por Irlanda hasta escritores, como es el caso de Jonathan Swift, en cuyo lugar está enterrado, ya que autor de 'Los viajes de Gulliver'  fue deán de esta catedral entre 1713 y 1745.

         

      
Ruinas del monasterio cisterciense
de Monasterboice,  (Foto de J.A. Flores)

  Pero siempre debemos tener en cuenta que Irlanda debe ser valorada principalmente por su limpida y verde zona rural, la cual conforma gran parte de la isla.

          Alejados de Dublín y su entorno, el viajero no va a volver a ver ciudades tan grandes y tan cosmopolitas. Si omitimos Belfast y el norte de Irlanda, de soberanía británica, la República de Irlanda cuenta con pocas ciudades de importancia poblacional: en el oeste encontramos Galway y Limerick y en el sur Cork, como ciudades con mayor entidad al margen de Dublín. El resto de la isla lo conforman ciudades de menor entidad y multitud de pequeños núcleos rurales en los que estriba el mayor encanto de este país, un encanto que intentan acrecentar con el idioma gaélico o irlandés que lees en todas las indicaciones públicas, a pesar de que es hablado por poquísima gente -algo similar a lo que pueda ocurrir en las provincias vascas con su idioma propio-. Lugares unidos por estrechas carreteras, totalmente respetuosas con el entorno, en las que no es fácil que dos vehículos de gran tamaño -autobuses, camiones- puedan cruzarse sin dejarse recuerdos en sus respectivos chapados. En uno de esos entornos bucólicos se encuentran los acantilados de Moher, no lejos de Galway.

          El viajero, lógicamente, no querrá salir del país sin ver una de las maravillas naturales del mundo, que es a su vez uno de los símbolos de Irlanda, pero a cambio deberá de hacerlo rodeado de cientos de congéneres. No habrá opción. Lugar privilegiado, en nuestra sociedad tan globalizada, significa lugar muy visitado. El turismo de masas, ése del que todos formamos partes, lo afea todo, pero al mismo tiempo ese mismo turismo presiona en el sentido de que estos lugares puedan ser visitados gracias al buen acondicionamiento. Se trata de una dualidad que hay que asumir.

          Estando allí y pensando en lo que ahora escribo, intenté imaginarme aquello con los ojos de los primeros pobladores, con los ojos de quienes pudieron disfrutar de todo esto con anterioridad a la llegada del turismo.                

                         

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