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sábado, 19 de julio de 2014

UN ENTRENAMIENTO ESTIVAL (Y CONTUNDENTE)

Se repiten las opciones. El año pasado por estas fechas ya me encontraba entrenando a través de los duros e irregulares carriles entre olivos, preparándome para esa prueba de Fonelas, que vuelve a la agenda este agosto.
Y es que las opciones que me planteo o impongo suelen funcionar casi siempre de la misma forma. El año de la subida al Veleta, la decisión fue rápida e inmediatamente comencé a hacer test de subida para ir comprobando mi estado de forma e ir acostumbrándome a las fuertes rampas. Con cada test bien hecho ganaba en confianza y eso me posibilitó presentarme en la linea de salida. Ocurrió más o menos igual cuando decidí participar en dos ocasiones en la Media Maratón de Montaña de la Ragua. Y el año pasado se presentó la opción de correr en Fonelas e intuí que esa prueba -a pesar de que se anunciaba como trail- me iba a gustar. Inmediatamente me compré las Brooks Cascadia y a sumergirme por terrenos pedregosos con subidas y bajadas. Todo salió mejor de lo que esperaba.
Pero no tenía muy claro que este año pudiera repetir en condiciones similares, dado el comienzo de año tan atroz por el que he atravesado y del que estoy recuperándome mejor de lo que esperaba. Así que el pasado jueves me dije que este sábado debía sumergirme de nuevo por el mar de olivos, por esa ruta de dieciocho kilómetros, con fuertes subidas y carriles destartalados e inestables. Porque lo que estaba intentando decirme es que este año también tengo el propósito de correr en Fonelas en agosto. 
Y no lo pensé demasiado. Este sábado, 19 de julio, minutos antes de las diez de la mañana, ya estaba comenzando mi entrenamiento que tienen su salida y llegada en el campo de fútbol de Pinos Puente. Y aquí está expuesto para mayor conocimiento:


UN ENTRENAMIENTO CONTUNDENTE  

Para intentar que el hipotético lector -corredor o no- pueda sumergirse en la crónica de entrenamiento estival que voy a relatar, nada mejor que imaginarse un terreno seco totalmente plagado de olivos, con un carril principal y cientos de carriles que salen por todas partes. Un terreno en altura, que va elevándose hacia la zona de los Montes Orientales, porque será hasta esa zona hacia la que me dirigiré, la zona de la provincia de Granada con más número de olivos y unas de las más de Andalucía. Eso lo explica todo.
En total, nueve kilómetros de ida y nueve de vuelta, siendo los primeros seis los más duros con diferencia. 
Y aunque es cierto que no hace el calor de los días previos -parece que la ola ha remitido bastante-, no hay que olvidar que estamos en mitad del verano, en julio, quizá el mes más caluroso. Así que hay que protegerse de alto factor y llevar hidratación suficiente porque no va a ser posible encontrarla en ningún momento de la ruta: no se pasa por cortijo alguno y, por lo general, en estas fechas no se ve un alma. Ni tan siquiera se escuchan los pájaros, como mucho, reptiles agazapados debajo de rocas, a los que espero no ver.
Escondido en las gafas de sol deportivas y todo dispuesto, comienzo a dar las primeras zancadas.
Instalaciones deportivas, cementerio viejo, cementerio nuevo, campo de fútbol ya abandonado y, de pronto, el camino a la derecha, el cual va ascendiendo poco a poco. Ya no dejará de hacerlo durante los primeros seis kilómetros.
No se trata de una cuesta ininterrumpida, sino una constante subida que va fatigando las piernas, con la presencia de dos o tres subidas fortísimas pero cortas, a lo que hay que añadir la dificultad de pisar por el destrozado carril, obra de las torrenteras de invierno y los tractores que por allí transitan. 
De todas formas, no encuentro demasiadas dificultades para pisar y en esa labor ayudan sobremanera las Cascadia, gracias a su aguerrida suela. Es más, apenas noto las piedras cuando las piso. De ahí que tan sólo piense en superar la cuesta que toca subir y no pensar en la siguiente.
Compruebo que el terreno se va elevando bastante cuando miro para atrás y observo el pueblo y la Vega bastante abajo. Es más, estoy al mismo nivel, si no más alto que la explanada más alta del Cerro de los Infantes, lugar de civilizaciones remotas que me parece aún más maravilloso y misterioso desde esa inusual posición. 
Miro el GPS no tanto para saber el ritmo, sino para ver cuántos kilómetros llevo ya hechos ya que quiero detenerme a hidratarme en el kilómetro cinco, con independencia de que tenga sed o no. Eso es básico.
Así lo hago. Llego al kilómetro cinco de la ruta y me refugio bajo las sombras del olivo más grande que encuentro. Bebo poca agua ya que hay que dosificarla. Quedan trece kilómetros aún. 
Reanudo la ruta y advierto que he cometido un error táctico. Al detenerme en el cinco no reparo que los siguientes quinientos metros son de subida. Hubiera sido más inteligente haber parado en la cota más alta y no tener que subir esos quinientos metros 'en frío'. Pero ya puedo hacer poco. Como mucho no detenerme demasiado tiempo y subir esa rampa. Percibo cansancio en las piernas por lo que lamento haberme detenido. 
Cuando llego a arriba ya el terreno es muy otro. No existe un descenso en toda regla, pero el terreno es más suave. Posteriormente, sobre el kilómetro siete a nueve habrá algo de subida, pero no es equiparable a la de los primeros seis kilómetros. Así que voy tranquilo, por debajo incluso de los cinco el mil. Me encuentro bien y no me ha pasado demasiada factura subir esa rampa 'en frío'. 
A partir del kilómetro siete debo extremar la atención. Por no haberla extremado el año pasado acabé en un lugar en el que no quería acabar, tal y como conté hace poco y en su día. Acabé haciendo cinco kilómetros más, sin agua y sufriendo más calor. Así que cuando paso por el punto kilométrico en el que se penetra en otro carril que parece más principal, fijo la referencia kilométrica, pera no perderme en la vuelta: siete kilómetros y cuatro cientos metros. Con una sencilla operación sabré en la vuelta qué carril tomar. Y es que dentro del mar de olivos todos los carriles parecen idénticos y yo jamás he sido un prodigio de ubicación. Reconozco que me he perdido en lugares tremendamente fáciles.
Atravieso dos rampas largas y llanas, desde las que hay una bonita vista del Castillo de Moclín, para, finalmente, alcanzar, en el kilómetro nueve, tal y como ya sabía, el lugar en el que me detendría y me daría la vuelta, justo en el cruce de la pequeña carretera que une Olivares y Colomera, en el mismo cruce del Cortijo Berbe Bajo. 
No hace demasiada calor, a pesar de que sin las gafas de sol, el camino posee un color amarillo que da miedo. Me hidrato con isotónico, que está fresquísimo, gracias a que ha pasado toda la noche en el congelador. También refresco con agua, fresquísima también, distintas zonas fundamentales del cuerpo para evitar un golpe de calor: frente, nuca, cuello y muñecas. Soy generoso y también refresco las piernas, que son las que están trabajando más. 
Me deleito con el atractivo paisaje de olivos y disfruto de las sensaciones, así como de la importancia que tiene para mí haber podido llegar -y espero regresar- hasta aquí. Me voy percatando que este año se parece mucho al anterior en cuanto a forma física, a pesar de la discontinuidad. 
Regreso. Y regreso con la alegría de saber que la vuelta es mucho más fácil. Eso será si no me pierdo. Pero no lo hago. Miro el GPS y compruebo que el punto kilométrico está donde calculé debía estar: kilómetro diez y seiscientos metros. Compruebo también que alguien ha anudado una tira de plástico a la rama del olivo que está justo en el cruce de caminos. Algún ciclista, supongo, harto de extraviarse.
Subo una pequeña cuesta y otra corta pero con más dificultad y observo que ya estoy en un punto en el que ya casi todo es bajada o terreno llano. Si es así, ya debo estar en el kilómetro trece más o menos. Miro el GPS y así es. El silencio es hiriente y disfruto con ello. Ya habrá tiempo de escuchar toda la tarde y toda la noche a los vociferantes nenes y a sus permisivos padres en los múltiples parquecitos infantiles de mi moderna calle que te cagas. 
Voy bien, bastante bien. No tengo las piernas cansadas y mi respiración es buena. En definitiva, no estoy cansado. Pero eso no quiere decir que no deba hidratarme. Lo hago en el kilómetro catorce y setecientos metros, a poco menos de tres kilómetros y medio para llegar a mi destino. Agoto todo el líquido isotónico y vuelvo a refrescarme con agua las zonas corporales antes indicadas y observo que al reanudar la marcha voy mucho más ligero, o al menos tengo esa sensación. Se debe tanto al terreno como a llevar las cantimploras vacías en la correa de hidratación adosada a mi cintura. Voy feliz, disfrutando del paisaje. El ritmo ya lleva tiempo que está entre 4'30'' a 4'45'' el mil. Por tanto, los kilómetros cunden mucho. Cuando vuelvo a consultar el GPS ya estoy casi en el diecisiete, a tan sólo un kilómetro de la llegada. 
A esa llegada se accede por el conocido camino que suelo utilizar cuando hago un Caparacena-Pinos Puente. Es el mismo por el que he entrado en la ida. El camino, de no más de 600 metros, desemboca de nuevo en el campo de fútbol abandonado. Segundo cementerio, primer cementerio e instalaciones deportivas. Ya veo a lo lejos el coche, bajo un sol de órdago y me digo: bueno, esto ya está acabado, sabiendo que no apostaba demasiado por hacerlo. El test fuerte, digamos, ya está hecho. Me iré de viaje y volveré con la convicción que demasiado mal debo de venir para no asumir bien esa prueba de Fonelas. No obstante, aún tendré tiempo en agosto para volver a esa ruta.     

Espero que hayáis 'disfrutado' del entreno, tanto como yo lo he hecho.              

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