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miércoles, 11 de septiembre de 2013

¿DÓNDE RADICA LA FRONTERA ENTRE LA EDUCACIÓN Y LA ZAFIEDAD?

¿Dónde radica la frontera entre la buena y la mala educación? ¿Y la que hay entre la mala educación y la zafiedad?
Son las preguntas que me he hecho varias veces este verano, momento del año en el que las calles están más pobladas de personas. Lógicamente, no entro en el resbaladizo tema de la educación en otros lugares: en los domicilios o en el trabajo o en el cine, no nada de eso, en esta ocasión me quiero referir a la educación a cielo abierto, que parece menos palpable. En las calles, en las plazas, en las terrazas de los bares. Y me circunscribo al verano porque, precisamente, en estos meses todos salimos a los espacios abiertos como animales heridos, como si hubiéramos estado presos durante el resto de los meses del año, como si la calle, el espacio abierto, fuera el jardín prometido en el que podemos hacer lo que nos plazca, gritar lo que nos plazca, ensuciar lo que nos plazca, vestir como nos plazca.  Como dijo aquella infame ministra refiriéndose al dinero público: los fondos públicos no son de nadie.  
En España -por poner el ejemplo que tenemos más cercano- y, principalmente, en determinadas zonas de España, siempre se ha considerado la calle como el lugar en el que nos está permitido hacer lo que no queremos o no podemos hacer en los espacios cerrados -a pesar de que hay mucha gente que no distingue una cosa de la otra-, porque esos espacios no son de nadie. Es algo que está en nuestra mentalidad y que va a más, ahora que la crisis nos arroja aún más a la calle por la sencilla razón que es lo poco gratis que aún queda. 
Llevo observando varios veranos -igual es que me estoy haciendo mayor- que cada vez se guardan menos las formas en los espacios abiertos. No hay terraza, plaza, calle o parque infantil en los que no esté todo el mundo gritando y hablando con la mayor energía pulmonar que le es permitida, con independencia de la hora del día. Es más -y eso es lo más preocupante- observas que es una acción que se lleva a cabo de manera espontánea y que iguala a grandes y pequeños e, incluso, a diferentes condiciones culturales y sociales. 
Es factible llamar la atención a un vecino si hace ruido e, incluso, en el cine es posible -cada vez menos- amonestar a alguien que está hablando alto o contando la película a su acompañante, pero ¿quién se atreve a asomarse por el balcón y requerir a unos padres para que sus hijos no den gritos en un parque infantil? ¿O acercarse educadamente a una terraza de un bar y sugerir a los clientes y al propietario que, por favor, hablen todos más bajo, que total, están a pocos centímetros unos de otros? ¿O recriminar a alguien por dar gritos en la calle? Es más, estas sugerencias podrían ser lógicas, sobre todo a ciertas horas y considerando que junto a parques infantiles o terrazas de verano, o en las mismas calles, hay edificios en los que vive gente. 
Al parecer en España ese asunto no preocupa en absoluto y mucho menos en el sur de la piel de toro. Me cuentan -y yo mismo he comprobado- que en otros países de nuestro entorno, mucho más mentalizados y educados en el respeto a las otras personas, estas cosas no son así. En ese sentido -por poner un sólo ejemplo- aún se me cristalizan los ojos cuando pienso en aquella enorme terraza de Berlín a la que fuimos mi pareja y yo a tomarnos una cerveza nocturna y descubrimos que a pesar del gentío que la poblaba no se escuchaba una mosca...hasta que llegó un grupo de estudiantes italianos o españoles, que da igual. Obviamente, en esos países no so mudos, pero existe toda una mentalidad labrada desde la tierna infancia que consiste en comprender y admitir que respetando lo público nos respetamos más todos. Sin embargo, es curioso observar cómo esta gente suele adoptar nuestras costumbres ruidosas cuando llevan un tiempo entre nosotros. Por aquí no parece que hayamos aprobado esa asignatura. Al menos, todavía.  Y no lo hacemos porque, además de lo expuesto en cuanto a la mentalidad ciudadana, a las autoridades no les parece un asunto que deba ocupar su agenda de forma prioritaria, es más, son ellas mismas las que en ocasiones fomentan este tipo de ruido público cuando autorizan u organizan actividades ruidosas hasta altas horas en lugares plagados de edificios y, por tanto, de personas que, en muchos casos, necesitan descansar para trabajar a la mañana siguiente y seguir pagando impuestos a las arcas públicas.  En ese sentido sería conveniente que nos preguntáramos si la actitud más respetuosa en otros países, además de la mentalidad, también pueda ser debida a la existencia de normas más tajantes contrarias al ruido.       
Y de ahí que sea tan difícil responder a esas dos preguntas que me hacía al principio.  

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